Creía que la libertad estaba en su barco, pero tras 4 días allí dentro, y con mala compañía, ya lo dudaba.
Había mandado una carta al fiscal donde reconoció haber liquidado a aquel tipo al llegar al puerto.
Siempre se acercaba a cambiar un poco de pescado por fruta y verdura con un hombre del pueblo, y a recoger el correo en la cantina.
El perito examinó la letra de la carta y comprobó que era auténtica, correspondía a quien la firmaba.
Sólo quedaba avisar a la patrullera para su captura.
La carta cayó al suelo y en el reverso apareció la misma mancha que sobre la frente del difunto. Su último beso.
El fiscal paró la captura. Ya no hacía falta. Él se había condenado.
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