
Durante aquel día intentaba cosas increíbles, que no había aprendido de su maestro.
El siempre había ido paso a paso, mostrándole un camino agarrándose siempre a un sitio seguro.
Sin embargo, aquel día no es que el maestro llegara tarde al sitio donde le enseñaba sus técnicas, sino que ella había llegado mucho antes.
En la pared de un acantilado, a unos cinco metros de altura salían unos clavos enormes pero separados. A lo largo de toda la base había unas rocas que estaban como un metro por encima del agua y que a veces salpicaba el agua.
El juego no consistía en subir sino en avanzar hacia la derecha, de hecho no tenían ningún interés en saber que había en lo alto de aquel acantilado, sino en doblar una esquina a la que nunca habían conseguido llegar, ese era el único reto. Podían ir también por la roca de la base, pero esto tampoco les complacía.
Aquel día ella lo intentó de otra manera, aprovechando que el maestro no estaba. Saltaba sin parar el movimiento agarrándose de clavo en clavo con una absoluta falta de consciencia sobre el peligro, de hecho no le importaba nada hacerse daño. Se doblaba las muñecas entre salto y salto, de vez en cuando los clavos le desgarraban la piel de las manos, y caía una y otra vez reventándose contra las rocas, incluso golpeándose la cabeza y quedando inconsciente más de una vez. Pero no le importaba.
Lo único que quería hacer era llegar a aquella esquina, pero no a la manera del maestro sino a su manera. No le importaba ya ni el dolor, ni la muerte, ni nada, de hecho es posible que incluso llegara a matarse en alguna de las caídas, pero, aún así se levantó y continuó haciendo lo que ella quería, sin pensar si lo quería o no, daba igual. Estaba concentrada en su objetivo con una rabia inmensa.
El maestro llegó, pero no dijo nada, se quedó contemplando absorto, sorprendido pero a la vez entusiasmado, como si estuviera viviendo un sueño largamente esperado, el nacimiento de algo grande.
Ella lo miró con respeto, pero en un momento en que se cruzaron sus miradas, supo que debía seguir haciendo lo mismo que antes de que llegara el maestro.
Aquel día ella aprendió que debía seguir el camino más corto y arriesgado posible, con sus propias reglas y no con las de nadie, ni siquiera la de su maestro, como si nadie la viera, aunque doliera. Aprendió de su maestro que cuando nadie te mira todo el mundo hace las cosas a su manera y que así debe ser siempre.
Tras caerse una y otra vez y volviendo a empezar tantas veces como fue necesario, por fin llegó, giró la esquina y ya su maestro nunca la volvió a ver. Para que, si ya lo había aprendido todo.
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