sábado, 28 de noviembre de 2009

viernes, 27 de noviembre de 2009

Escuchando la radio


El día que jugaba el Real Madrid con el Alcorcón (y perdía 4 a 0), busqué una emisora de radio donde no retransmitieran el partido. Me quedé atrapado con un tema que me interesó particularmente. Comentaba una entrevista a Lord Stern, una especie de Al Gore inglés (según el programa) que propugnaba la necesidad de dejar de comer carne para que la especie humana pudiera sobrevivir.
En la introducción del tema, la idea era un poco tomada a chufla por los comentaristas, y la verdad, me molesté un poco, que le vamos a hacer, así, que con la mezcla de cachondeo y mala leche que caracteriza a la gente de mi pueblo se me ocurrió mandar el siguiente correo:



El Señor Lord Stern tiene razón al decir que para que la humanidad salga adelante es necesario abandonar el consumo de carne. Lo explico. Para producir 1 gramo de carne de vaca son necesarios 15 gramos de materia vegetal. Para alimentar un "gramo de humano" son necesarios 15 gramos de vaca. Por lo tanto, se gastan 15X15= 225 gramos de vegetal si son tomados en forma de carne de vaca. Si son tomados directamente esos vegetales se gastarían unos 20-25 gramos de vegetal, aproximadamente un 10% de hacerlo tomando carne de vaca. Por lo tanto tomar los vegetales directamente es mucho mas eficiente para alimentar a la población humana y acabar con el hambre. Estos números aparecen en cualquier libro de ecología. Convendrían que mencionaran estos datos para informar con un poco de "rigor".

Atentamente,

Facundo Gutiérrez
Catedrático de Ecología de la Universidad de München.


Por supuesto, lo de catedrático de la Universidad de München me lo inventé un poquito, pero siempre hay que darle un toque personal a las cosas que uno hace.

A pesar de hablar de otros temas de interés, habían tenido un aluvión de mensajes de sobre el tema en cuestión, y había uno un poco particular que defendía los postulados del tal Lord Stern. Yo aquí, no se porqué, intuí que podía ser el mío.

Tras un buen rato de publicidad, el locutor comenzó a leer los correos y a los 3 minutos mis sospechas se confirmaron. Me hizo mucha gracia la mención a que era catedrático de la Universidad de München, lo cual ya revestía mi comentario de una gran autoridad.

Por supuesto llegaron las réplicas a mi mensaje, con las que me divertí un poquito más con la gente indignada, pero es que hay quien se toma cualquier cosa en serio.

Finalmente, el periodista que hace el comentario resumen del programa, leyó una nota que me gustó bastante, la verdad.

Que el que no se lo pasa bien es porque no quiere.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

PIJAMA


El viento sopla en la luna,
y yo en mi cuna,
tengo un sueño que te cagas.

¡Pero despierto!
¿Quien osa?
Eres tu, ¿O soy yo?
Fragante íntoma de mi nostalgia.

Mientras, un pijama manchado por la lujuria tendía de mis sueños

Yo que robaba en tu cuerpo, mis castigos predilectos,
ya nunca volveré a tu casa, por la calle del lamento.

Y ahora duermo, desnudo, erecto, como el junco,
que sólo se dobla cuando sopla el viento de tu ausencia.

Así,

Aún,


¿Cuando?

EL BARCO


Creía que la libertad estaba en su barco, pero tras 4 días allí dentro, y con mala compañía, ya lo dudaba.

Había mandado una carta al fiscal donde reconoció haber liquidado a aquel tipo al llegar al puerto.

Siempre se acercaba a cambiar un poco de pescado por fruta y verdura con un hombre del pueblo, y a recoger el correo en la cantina.

El perito examinó la letra de la carta y comprobó que era auténtica, correspondía a quien la firmaba.

Sólo quedaba avisar a la patrullera para su captura.

La carta cayó al suelo y en el reverso apareció la misma mancha que sobre la frente del difunto. Su último beso.

El fiscal paró la captura. Ya no hacía falta. Él se había condenado.

DESAFÍO


Durante aquel día intentaba cosas increíbles, que no había aprendido de su maestro.

El siempre había ido paso a paso, mostrándole un camino agarrándose siempre a un sitio seguro.

Sin embargo, aquel día no es que el maestro llegara tarde al sitio donde le enseñaba sus técnicas, sino que ella había llegado mucho antes.

En la pared de un acantilado, a unos cinco metros de altura salían unos clavos enormes pero separados. A lo largo de toda la base había unas rocas que estaban como un metro por encima del agua y que a veces salpicaba el agua.

El juego no consistía en subir sino en avanzar hacia la derecha, de hecho no tenían ningún interés en saber que había en lo alto de aquel acantilado, sino en doblar una esquina a la que nunca habían conseguido llegar, ese era el único reto. Podían ir también por la roca de la base, pero esto tampoco les complacía.

Aquel día ella lo intentó de otra manera, aprovechando que el maestro no estaba. Saltaba sin parar el movimiento agarrándose de clavo en clavo con una absoluta falta de consciencia sobre el peligro, de hecho no le importaba nada hacerse daño. Se doblaba las muñecas entre salto y salto, de vez en cuando los clavos le desgarraban la piel de las manos, y caía una y otra vez reventándose contra las rocas, incluso golpeándose la cabeza y quedando inconsciente más de una vez. Pero no le importaba.

Lo único que quería hacer era llegar a aquella esquina, pero no a la manera del maestro sino a su manera. No le importaba ya ni el dolor, ni la muerte, ni nada, de hecho es posible que incluso llegara a matarse en alguna de las caídas, pero, aún así se levantó y continuó haciendo lo que ella quería, sin pensar si lo quería o no, daba igual. Estaba concentrada en su objetivo con una rabia inmensa.

El maestro llegó, pero no dijo nada, se quedó contemplando absorto, sorprendido pero a la vez entusiasmado, como si estuviera viviendo un sueño largamente esperado, el nacimiento de algo grande.

Ella lo miró con respeto, pero en un momento en que se cruzaron sus miradas, supo que debía seguir haciendo lo mismo que antes de que llegara el maestro.

Aquel día ella aprendió que debía seguir el camino más corto y arriesgado posible, con sus propias reglas y no con las de nadie, ni siquiera la de su maestro, como si nadie la viera, aunque doliera. Aprendió de su maestro que cuando nadie te mira todo el mundo hace las cosas a su manera y que así debe ser siempre.

Tras caerse una y otra vez y volviendo a empezar tantas veces como fue necesario, por fin llegó, giró la esquina y ya su maestro nunca la volvió a ver. Para que, si ya lo había aprendido todo.

Un lugar en el mundo


Con la primavera me pasa. Esta tarde me he acordado de mi lugar favorito en el mundo.
Está muy cerquita de mi pueblo. Siempre llego por un camino estrecho, entre campos de fresas y naranjos, y atravesando un pequeño pinar.

Solía ir después de comer, y siempre voy mirando las plantas silvestres que crecen en el margen del camino, y que conozco de cuando estaba obsesionado por la botánica: romero, salvia, lavanda, borraja, lentisco, hinojo, etc.

A esa hora algunos eucaliptos que hay por los márgenes dan una sombra muy agradable, y el olor se mezcla con el de las plantas preparándome la llegada. No puedo evitar inspirar fuerte. De vez en cuando se acerca un perro con muy mala leche ladrándome tras una valla, pero estoy acostumbrado.

Justo antes de llegar hay una pequeña subida del camino que me deja en mitad del pinar, en lo alto de una loma, y en ese momento se que he llegado, pero todavía no lo veo con claridad porque los árboles me tapan la vista. Atravieso el pinar y lo veo. En mitad de un pequeño valle, una laguna enorme, con una vida inmensa, con una belleza plena. Abajo, garzas, gallos azules, toda clase de patos, fochas, espátulas, cigüeñas, llegan, viven allí, se van. Alguna rapaz pasa de vez en cuando y todas las otras aves se esconden.Puedo estar horas contemplándolo.

Desde donde estoy veo, además de la laguna, a la izquierda mi pueblo y las marismas, con los pinares de la playa de fondo, enfrente otra loma con naranjos y un enorme árbol. Escucho muchos sonidos, los pájaros que están por el pinar, las aves de la laguna, algunos ladridos de fondo, las ranas, y el estruendo de una moto de algún cani que pasa por la antigua vía del tren, donde termina la laguna y empieza la marisma.

He ido allí toda la vida. De niño, mi padre me llevaba a un campo cercano a levantar los plásticos blancos que cubren las fresas, y cuando acababa me iba para allá. Después volvía y bajaba los plásticos pensando en la laguna. Mas tarde hicimos alguna excursión del colegio por allí para coger el romero para el portal de Belén.

Todo el mundo que he llevado se ha quedado hipnotizado. Allí he ido con amigos, y hemos charlado de amores, de inquietudes, de deseos, de muchas cosas.
También me han acompañado algunas de las mujeres que mas he querido, y las he besado con los rayos del sol colándose entre las ramas de los pinos que mecía la brisa, y en ese momento he sabido lo que era ser feliz.

El momento que más me gusta es durante la puesta de sol, empiezan a llegar cientos de garcetas, con su vuelo ligero, flotando en el aire. Se van todas reuniendo y saludándose en las pequeñas islas que hay. Cuando han hecho el recuento y ven que están todas, dan todas juntas una vuelta en el aire y muchas se van a dormir al árbol grande que está enfrente mía, otras se quedan a dormir allí donde se habían reunido.

Para despedir el día hay un minuto en el que todos los animales que he nombrado se ponen de acuerdo y empiezan a competir para ver quien tiene más voz, es un instante mágico.
Después se acaba todo.

Regreso casi a oscuras por el camino, llego al bar del pueblo, todavía soñando, con cara de tonto, y me tomo una cerveza, y empiezan nuevas conversaciones.